Educación sentimental

En un artículo anterior, escribía que hay 3 estilos de personas: mental, emocional o visceral. La razón y la lógica, sin embargo, tienen una alta relevancia social.
Nuestra cultura occidental, a partir del pienso luego existo de Descartes, ha erigido a la razón y la ciencia como el único medio de conocer. Todo tiene que ser demostrado objetivamente.
La objetividad y la ciencia pretenden una mirada equidistante y neutra. Sin embargo, cualquiera que tenga un amigo trabajando en el mundo científico puede contarle de la humanidad de los científicos: también entre ellos hay rivalidades, envidias, celos, competitividad, errores, puntos de vista…

Como sociedad vivimos y nos contamos las cosas desde la razón y tienen que ser coherentes y con sentido.
Uno de los verbos que más escucho en terapia es pensar. Mientras que emociones y sentimientos son vividos como un engorro, interfieren y molestan. “Yo lo que quiero es estar bien“.

La psicología positiva y sucedáneos han ayudado a que la alegría se establezca como la única emoción posible. Mientras que tristeza, rabia o miedo pasan a ser las apestadas.
Que el punto de partida sea intentar vivir desde una actitud positiva es una cosa. Sin embargo, el día a día nos acarrea problemas, dificultades, preocupaciones, frustraciones y eso nos afecta emocionalmente. Pretender estar siempre alegre y positivo es ingenuo. Simplemente porque estamos vivos y estar vivo implica a veces ser golpeado por los reveses de la existencia.

Bajo la dictadura de la razón y la alegría, el resto de emociones y sentimientos no desaparecen, sino que pasan a la clandestinidad. Y desde allí se hacen notar. Un ejemplo: si uno siempre tiende a reprimir sus enfados (total, no es para tanto, no es importante, etc.), una gota acaba colmando el vaso y entonces puede estallar y desatar su ira.
Si pasamos de puntillas por la tristeza porque “no tengo tiempo para tonterías“, puede ser que un día nos vengamos abajo con una depresión. Como muy bien describe la psicoterapeuta Mireia Darder en este artículo.

El sistema nos prepara y educa para saber hacer cosas, responder, resolver, funcionar, etc. Nos quedamos en la esfera de la acción: constantemente tenemos que estar haciendo.
En cierto modo no me sorprende que hayan proliferado tantos tipos de terapias. A menudo no tenemos ni idea de quienes somos. Y con esto me refiero a lo que implica ser humano. Ser humano es más que razonar. No nos han enseñado a descifrar nuestros sentimientos, reacciones, etc., ni mucho menos a lidiar con ellos.

Desde lo racional nos contamos fantasías omnipotentes, nos decimos que lo podemos todo, que somos la mejor de las especies. Sin embargo somos más frágiles, o vulnerables, de lo que estamos dispuestos a reconocer.

Cuando inicié mi propio proceso como paciente, me di cuenta que no sabía leerme, por así decirlo. Llegué a terapia sin saber muy bien qué me ocurría: sólo sabía que no me sentía bien, pero no sabía explicar qué era. Poco a poco, mi terapeuta me ayudó a afinar qué era eso de sentirme bien o mal.
Ya como terapeuta y con la práctica, he observado que esta vaguedad e imprecisión son bastante generales. A esto le he llamado analfabetismo emocional.
Por suerte, cada vez hay más interés desde la educación a enseñar a los más pequeños qué es eso que también nos hace humanos: emociones y sentimientos.
Para mí, ir a terapia, fue como recibir una segunda educación. Así que en próximos artículos, nos acercaremos un poco al complejo mundo emocional.

Artículo aparecido originalmente en Passeig de Gràcia. Ilustración de Rocío Larrumbide.

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