Emoción y sentimiento

La emoción no deja de ser más que un aviso de qué me está ocurriendo en este momento ante una situación determinada. Y nos ocurre físicamente, la notamos en el cuerpo. Según de qué se trate, implica un modo de respirar distinto, sensaciones de tensión, expansión, ahogos, hormigueos… No es la misma sensación corporal cuando estoy alegre que cuando siento angustia, por ejemplo. Cuando esa sensación corporal es reconocida y ya le pongo palabras, es decir, siento miedo, entonces ya se considera sentimiento. Esta es la diferencia entre emoción y sentimiento: la emoción es corpórea y el sentimiento consciente. En este vídeo también lo explico.

Las emociones y sentimientos tienen dos funciones básicas: las de conservación y las de relación. Cuando digo relación me refiero a que estamos constantemente, unos y otros, captando en qué estado estamos.
Podemos ver y reconocer que una persona está enfadada, eufórica o quizás triste. Y ante eso, probablemente tendremos una reacción u otra, dependiendo del contexto.
Quizás si observamos a una desconocida en el metro llorando, nos podremos commover por unos instantes y luego seguir con lo nuestro; pero si el que está llorando es nuestro hijo, quizás no sólo nos commoveremos, sino que nos asustaremos o nos preocuparemos.

Así que, sean verdaderas o falsas (a veces disimulamos y, depende de lo buenos que seamos fingiendo, se nos notará o no), las emociones están en nuestras interacciones diarias. Estamos en un constante baile entre el contacto interno, qué me pasa a mí, y el contacto externo, qué veo o qué me cuentan los otros de lo que sienten y también qué me ocurre con eso.
Aunque en nuestra cultura, hayamos creado este ideal del individuo independiente y separado del resto, aquí vienen las emociones y los sentimientos para recordarnos que siempre estamos en relación y que no somos tan autosuficientes como creemos.
Los robots sí son autónomos y separados.
Cuando somos pequeños necesitamos a los otros para cubrir nuestras necesidades, para desarrollarnos. La especie humana es social y necesita de otros. Una de nuestras necesidades básicas es la de pertenencia.

Reconocer esta dinámica entre lo interno y lo externo se puede desglosar en plan cámara lenta, como explica el psicólogo Marcelo Antoni en su libro “Las cuatro emociones básicas”:
1-dónde y cómo siento lo que siento (cuerpo)
2-qué me digo con lo que estoy sintiendo (pensamiento)
3-qué quiero hacer… si es que me decido a hacer alguna cosa. Y aquí entra lo que viene llamándose gestión emocional. (acción)

Un ejemplo:
1- Cada día, cuando entro en la oficina siento un doble nudo: en el cuello y en el estómago. Son nudos desagradables, me asfixian. Siento que respiro mal y de manera agitada.
2- Me digo: A ver con cuál nos saldrá hoy el jefe. Esta situación es cada vez más angustiante. Porque resulta que tengo un jefe déspota que parece disfrutar haciéndonoslo pasar mal a todos.
3- Ante esta situación puedo decidir que: a pesar de lo mal que lo paso, tengo que aguantar. O bien, mientras aguanto, estoy buscando otro trabajo. O bien, hoy me planto, no voy a permitir que me humille más.

Sin embargo, muchas veces ni siquiera somos capaces de registrar qué nos ocurre corporalmente. Parece que nos hemos desconectado o anestesiado de lo que sentimos internamente. ¿Y qué nos contamos? Que estamos “bien” y que va todo “estupendamente”. O las versiones: vamos tirando, es lo que hay, hay que aguantar, etc.

Que no podamos o no nos queramos enterar, no significa que las cosas vayan bien: quizás subterráneamente estoy reprimiendo rabia, asco, miedo, tristeza.
O sea, que una parte de nosotros vive en la clandestinidad.
A la larga eso nos trae consecuencias.
Cuando no reconozco lo que siento, es porque no quiero contactar con el displacer. Recordemos: somos una sociedad altamente hedonista.
No obstante, acaba siendo aquello de Salir de Guatemala, para meterse en Guatepeor.
Evitando contactar con el enfado y el miedo que sentimos hacia el trato de nuestro jefe, entramos en relaciones de sumisión y maltrato y podemos pasarnos allí años y años, aguantando y acumulando estrés hasta que quizás nos hundimos en una depresión.

Artículo aparecido originalmente en Passeig de Gràcia. Ilustración por Rocío Larrumbide.

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