El miedo

Recordemos: cada emoción implica una sensación corporal.
Así como la alegría es una emoción cálida y expansiva, el miedo sería más bien una
emoción de carácter frío que nos encoge, nos contrae. Así como la alegría, si es
auténtica, está relacionada con el presente, el miedo se proyecta en el futuro más o
menos immediato.
Sentimos miedo porque creemos que algo grave va a ocurrir próximamente.
Sólo de pensarlo ya estamos empezando a encogernos, la respiración se agita o se
entrecorta, quizás lleguemos a sentir ansiedad (una forma de miedo), sudamos, nos
palpita el pulso, se acelera el ritmo cardíaco. O sea, nos pone en contacto con lo
desconocido y con lo que podemos hacer o no ante lo desconocido.

El miedo está relacionado con creer que vamos a recibir un daño o bien que vamos
a causarlo. Un daño de consecuencias nefastas.
También el miedo puede referirse a perder algo que tenemos (puede ser una
pérdida material o afectiva). O miedo a no conseguir algo que nos proponemos.
Como siempre se trata de distinguir hasta que punto es o no cierta esta proyección
futura. El miedo en todo caso es una alerta: se trata de ver cómo voy a gestionar lo
que imagino que puede ocurrir. Así que esta emoción se situa en una
encrucijada entre la fantasía (lo que imagino que puede ocurrir) y la
experiencia (mis vivencias reales).
Los humanos usamos nuestras experiencias previas como guía de aquello que puede
ocurrir. Hemos aprendido que tanto nuestros actos como los de otros, tienen
consecuencias.

La memoria y experiencia previas hacen que incluyamos nuestras vivencias ya
pasadas y las relacionemos con posibles consecuencias. Sé que si me meto con un
gato, porque ya lo hice y recuerdo qué ocurrió, puedo acabar con un buen arañazo
en la pierna. La curiosidad mató al gato, dice el refrán.
Si sólo nos moviéramos por curiosidad, no evaluaríamos el peligro real. De
pequeños no evaluamos: simplemente, acercamos la mano al fuego de la estufa por
curiosidad. Y nos quemamos con la llama. Entonces grabamos un recuerdo que
nos ayudará a ponderar nuestra actitud posterior con el fuego.
Utilizar el miedo como una técnica proyectiva tiene su sentido a la hora de prever
posibles consecuencias. A ello se dedican, por ejemplo, los profesionales de riesgos
laborales.

Así que, bien gestionado, el miedo nos pone en contacto con una actitud de cautela,
de prudencia.
Funciona como un aviso y, como tal, ha jugado un papel importantísimo en la
supervivencia, prevención y conservación de la especie, no lo olvidemos.
Probablemente y además por haber asistido a las consecuencias de no hacerle caso.

Imagen de Rocío Larrumbide.

Artículo aparecido originalmente en Passeig de Gràcia.

 

 

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