El mundo interno

Hace unos días murió, desgraciadamente, el periodista Carles Capdevila, al que muchos admiramos. Me incluyo. Su último artículo me parece un legado precioso. Hablaba sobre tratarse amablemente a uno mismo. Lo podéis leer aquí. Expresaba cómo nuestra autoestima muchas veces está en función y depende de lo que recibimos del mundo externo: lo que otros nos dicen o los likes que podamos cosechar en redes sociales. En gran medida, ponemos nuestra autoestima en manos de otros.

Nuestra especie necesita vivir sintiéndose perteneciente, necesitamos la relación con los otros. A menudo, sin embargo, el enfoque está puesto excesivamente en lo externo. Aunque pueda parecer paradójico, las relaciones que mantenemos con los otros no dejan de ser un reflejo de la que mantenemos con nosotros mismos. ¿Cómo me trato a mi mismo en la intimidad? ¿Me siento mi amigo? O por lo contrario, ¿soy la última persona con la que deseo pasar un rato?

Nos puede preocupar mucho lo que opinen de nosotros: qué pasará, qué opinarán de mi si digo esto que pienso o siento. Y por eso dejo de expresar, opinar, compartir: por temor a la evaluación del otro; incluso a su humillación o rechazo. Ese temor está fundamentado: sabemos que los humanos tenemos una gran capacidad de emitir juicios y también de montarnos películas, así como de burlarnos de otros. Sin embargo, frecuentemente, el primer juicio es emitido por nosotros mismos. Es ese personaje que llamo el juez interno y que está continuamente con su cháchara. También le llamo el comecocos. Funciona como un filtro de autoevaluación propia que tiende a frenarnos.

Creo que la contención es necesaria. Sin embargo, y en la línea de lo que escribía Carles Capdevila en su artículo, también soy testimonio habitual de los mensajes que nos dirigimos a nosotros mismos: nos descalificamos, nos faltamos al respeto, nos humillamos, nos despreciamos… Creo que la autocrítica es muy valiosa, es necesario ese ejercicio de ser honesto con uno mismo, no engañarse. Sin embargo también observo cómo no sabemos ser tiernos con nosotros. Por eso nos acaba preocupando tanto la imagen que vamos a dar a los otros, porque no cultivamos ternura hacia nosotros y la buscamos, a veces desesperadamente, en los otros. Y ese es uno de los reflejos de la relación que mantenemos con nosotros mismos.

El ejercicio que proponía Carles también me parece radicalmente transformador: decirse cosas amables, tiernas, dulces. Por ejemplo, reconocer que lo hago lo mejor que puedo en lugar de reprocharme que no es suficiente y entrar a machacarme con esta estrofa de la canción. Eso es empezar a tratarse de otra manera, decirse palabras amables a uno mismo. Mi experiencia es que cuando he sido capaz de tratarme con ternura, parar el reproche propio, me he distendido corporalmente y me ha empezado a preocupar menos lo que puedan opinar o decir de mi. Incluso puedo escuchar las críticas: ya no las escucho como un reproche o un ataque porque ya no me hablo de ese modo.

TO BE CONTINUED.

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