Lo que la gente no cuenta

A medida que me pasa el tiempo y me araña la piel; a medida que me acontecen experiencias y éstas también me arañan el alma; más claro tengo que no nos contamos o no nos avisamos de según qué circunstancias. Frecuentemente he encontrado pistas en relatos, películas y toda clase de producción de ficción. Pero lo que se dice hablar en plata, sin decorados, maquillaje, ni eufemismos, pocas veces.

Lo que en mi caso puedo contar es que esto de la vida es una encerrona. Apareces aquí, te pasa de todo (a algunos les tocan vivencias muy bestias y a otros menos brutales), tienes que lidiar con miembros de tu especie deleznables (y encima tienes que pagar tu la terapia y hacerte cargo de que ellos no van a cambiar… manda huevos), tienes que lidiar con tus propios demonios personales y un buen día (no sabes ni cuándo ni cómo) te dan la patada y hasta nunca. Bon voyage. Y si te he visto, no me acuerdo.

Cada uno tiene que buscar su propio sentido. O inventarse una zanahoria u otra. Hacerse autotrampas. El objetivo es hacerlo más llevadero. Afortunadamente, también hay compañeros de camino y especie que valen la pena. Suerte de ellos. Suerte de algunas orejas, hombros y miradas de comprensión.

Así que cuando oigo según qué palabras altisonantes, o mensajes motivacionales de autosuperación o crecimiento personal, comeduras de tarro de tu misión en la vida, o que el universo conspira a tu favor cuando deseas algo fervientemente… según el día que tengo me enfado, me pongo sarcástica o tengo que respirar profundamente. Me doy cuenta de cómo nos engañamos con relatos épicos y nos responsabilizamos de lo que (nos) ocurre, con rollos sobre que la culpa es nuestra porque no nos esforzamos suficiente. Como si no hubiera un contexto que crea ciertas situaciones. En todo caso, lo que nos ocurre es la vida. ¿La pedimos en algún momento? En mi caso, no lo recuerdo.

Lo que la gente no cuenta es que la vida duele, que el vacío interior no se llena con nada ni con nadie, y que hay heridas que no se curan con el tiempo sino que, a lo sumo y con esfuerzo, se aprende a convivir con ellas.

Conozco a personas que están jodidas; o que han pasado o están pasando por depresión, ataques de pánico o alguna enfermedad psicosomática; o que necesitan medicarse para irse a dormir y para levantarse por la mañana. Para ir a trabajos que probablemente detesten, llenos de tensión, exigencia y compañeros de trabajo infumables. Y, quizás, al llegar a casa, el panorama no es mucho más apacible. Luego pintamos mandalas.

Esto también es la vida, la que la gente no nos contamos.

 

Szoka 6

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