La tontería nuestra de cada día

Desde que en Occidente proclamamos la muerte de dios, o de los dioses, andamos los humanos jugando a ser divinos. Desde que un 20% de la población tiene acceso al 80% de los recursos terrestes; desde que hemos conseguido un desarrollo material y tecnológico inigualable en la historia de nuestra especie; etc, ya no necesitamos organizarnos para cazar un ciervo; ya no tenemos que preocuparnos por cómo afectarán las inclemencias del tiempo a nuestras cosechas; ya no tenemos que temer por según qué enfermedades.

Y, sin embargo, parece que a mayor bienestar le ha correspondido una mayor tontería. A mi entender, estamos atrapados en un alelamiento continuo. Tener todo (o casi todo) fácilmente al alcance de la mano nos ha llevado a despreciar a menudo lo que ya tenemos. Aspectos como el esfuerzo, el tesón, la disciplina quedan totalmente relegados. Por no hablar de estados como el aburrimiento o el dolce far niente, de los que huimos como si fueran monstruos.

Parece que damos por sentado y por obvio un montón de cosas. No tenemos que sudar la gota gorda porque nuestras necesidades más básicas (comer, beber, un lugar que nos resguarde, ropa que nos abrigue) ya las tenemos cubiertas. Tenemos en general acceso a una educación que hace unos años era casi impensable para aquellos que nos han precedido. Me parece que no la valoramos y sí la criticamos cruelmente. Tampoco la salud, acostumbrados a como estamos a tomar una pastilla en cuanto nos duele algo. Ahora podemos llenar el armario con las ropas más variopintas en lugar de zurzar los calcetines centenares de veces o remendar las botas cada año. Acaba resultando más caro arreglar que comprar de nuevo. Pero nos vestimos con ropas hechas con ¿qué materiales? Muchas son sintéticas y uno se tiene que cambiar la camiseta cada día porque rápidamente desprenden olores. Y ya no me pongo en dónde las hacen y en qué condiciones.

Tanta facilidad e immediatez, tanta diversidad y variabilidad nos ha vuelto caprichosos y despreciativos. Vivimos en una insatisfacción casi permanente. Parece que nunca está nada suficientemente bien o se adecua a nuestros estándares. De nuevo, el egocentrismo asoma por aquí; de nuevo creemos que las cosas giran a nuestro alrededor. Ahora todo tiene que ser una experiencia excitante y emocionante como subir al Dragon Khan o cualquier otra atracción de parque temático. Parece que nuestras vidas deben convertirse en algo parecido a vivir en un parque de atracciones. Y parece que nos tiene que venir dado; o sea, que sean otros los que lo organicen para que nos resulte estimulante. Tomamos una actitud de lo más cómoda.

El capitalismo nos ha enganchado a un modelo hedonista y sobreestimulado. Algunos apuntan a que nos faltan valores. Al menos un valor tenemos: el del placer, que buscamos como en la imagen del asno detrás de la zanahoria. Cuando no son las bambas marca tal, es el coche marca cual, el ordenador pim, las vacaciones en no sé dónde o el último gadget o experiencia que se invente la industria. No podemos vivir sin “aquello“.

Algunos autores apuntan que deberíamos recuperar los tradicionales ritos de paso que durante siglos los humanos hemos practicado. Es un concepto que designa un conjunto específico de actividades que simbolizan y marcan la transición de un estado a otro en la vida de una persona. El rito de paso dejaba una impronta en la psique del individuo. Era una actividad que buscaba impactar al que la vivía con la intención de que fuera un antes y un después. Por ejemplo, dejar la infancia y convertirse en adulto. O sea, dejar el ámbito de la dependencia y empezar a depender de uno mismo o asumir un nuevo rol con responsabilidades (otra palabra que nos hace echar a correr espantados).

Empiezo a entender por qué algunos proponen ritos de paso, teniendo en cuenta que esto de la adolescencia se eterniza. Quizás así se nos pasarían unas cuantas tonterías de golpe. Tenemos muchas oportunidades en el sentido de aportar algo, nuestro granito de arena. Y eso me parece lo más interesante. Se trata de aprovechar nuestro tiempo. Sobre todo porque, y perdonad el espóiler, el final no es el de los cuentos, lo de los anices y las perdices. No, no, la cosa es que nos morimos.

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