Lo que tenía que ser y no fue

Un habitual relacionado con la tristeza que me encuentro en la práctica terapéutica es ladecepción. En el mundo del pensamiento mágicopositivo, del si hago esto, obtendré tal cosa, del buenrollismo, de la búsqueda de las fórmulas magistrales que prometen el éxito en tres pasos, sacar a relucir la decepción, es como sacar a la luz otros “trapos sucios” (el esfuerzo, el dolor, la persistencia, etc): “¿en serio tenemos que pasar por aquí?“, interpreto a raíz de algunas expresiones.

La decepción se da cuando uno se siente defraudado o desengañado. A medida que una persona va haciendo años y acumula experiencias, es muy probable que se haya encontrado en más de una ocasión con este sentimiento. He tenido casos de personas de cierta edad que justamente han querido trabajar la expectativa que se habían hecho de jóvenes de la vida que tendrían… y que no han tenido o no ha salido como esperaban.

Los aires de grandeza de la juventud son a menudo golpeados por las realidades del ir viviendo. Nos damos cuenta de que tal situación no era como pensábamos o como habíamos optado por creer. Creer es, como todo acto de fe: ciego. Nos decepcionamos con personas, trabajos, proyectos, amigos, amores, sueños y otras situaciones.

Personalmente he visitado este sentimiento en varias ocasiones y algunas veces me ha acompañado una larga temporada. Imagino que lo continuaré visitando porque forma parte de nuestra especie. Así que estoy familiarizada y cuanto más familiarizada estoy, máspeligrosos y letales me parecen estos mensajes naifs de “si lo quieres de verdad, lo conseguirás“, “el universo confabula a tu favor“, “puedes conseguir todo lo que te propongas” y similares. Sobre todo cuando creemos que pasará como decía aquella canción “hago chas y aparezco a tu lado“.Es paradójico que para saber de qué pasta estamos hechos, tenemos que pasar por dificultades. La decepción es una forma de crecer, hacerse adulto y abandonar una manera de mirar infantil. Dime cómo de profunda es tu decepción y te diré cuán grande era tu expectativa o ilusión. Como los negativos fotográficos. Decepcionarse implica que ahora sí veo como son las cosas. Y lo que veo no me gusta.

Ante la decepción hay una reacción habitual: rebotarse. Desgraciadamente hay personas que se quedan atrapadas aquí, enfadadas a perpetuidad como decía en el artículo anterior y recreándose en cómo debería haber sido y no fue. Otros pasan la fase del rebote, aprenden de la situación y se recolocan de una manera diferente. De nuevo, es una cuestión deactitud. Implica quererlo mirar tal cual es para finalmente aceptarlo. Un poco como un duelo. Y aceptar siempre es lo más complicado.

Artículo aparecido originalmente en paseodegracia.com

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